miércoles, 12 de agosto de 2009

AEROCUERPO

A lo lejos se veían las figuras envueltas en abrigos pesados. Una mano se agitó a lo lejos. Las puntas de los dedos de María se abrieron paso desde la abertura del bolsillo y describieron una curva en el aire. No se podría decir que fue torbellino de falanges, sino más bien un movimiento que indicaba con precisión una posición geográfica.

Una vez conocidas las coordenadas, todo lo demás sobrevino: Los bolsos, el chango y el changador; la moneda; el aeropuerto sucio; los niños descalzos pidiendo limosna y por último, el abrazo, largo, contundente.

Los músculos de su cara se contrajeron con dificultad y abrieron , como un telón, una hilera de dientes. La sonrisa no fue radiante pero, ha de admitirse, fue lo suficientemente amplia como para proporcionar una cálida bienvenida.

María sintió que se le helaba la cara. Por un momento tuvo la sensación de que un fantasma había atravesado su cuerpo. El agua disminuye la temperatura hasta veinte veces. Recordó un documental que hablaba sobre la humedad y su relación con la temperatura corporal. Los labios se paspan por eso. Deslizó su mano sobre su cara y descubrió (casi científicamente) que había estado llorando y no sólo eso, sino que, además, pudo constatar en el recorrido por su rostro que aún conservaba la sonrisa. Intentó relajar el rostro imaginándose que sus labios caían como una marioneta a la cual le cortan los hilos.

Logró modificar la apertura de su boca ocultando los dientes, pero sus maxilares continuaron dibujando de memoria esa expresión que tienen los deportistas cuando la meta se encuentra a considerable distancia. Las manos cayeron lacias, sostenidas (como el resto de su cuerpo) por unos hombros-poleas incansables.

Pensó en ciudades. Pensó en calles. Pensó lugares llenos de gente. Pensó por donde se va y se viene: brazos. Pero el tráfico de alas metálicas y ruidosas de algún modo le resultaba desagradable. Ahora y como siempre sus pies erigían su cuerpo y no pesaban lo suficiente. Una velocidad mayor a la de la luz: la mente. Y sus pensamientos la trasgredían al punto del aerocuerpo.

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Recorrer los caminos del cuerpo y del alma. Unir con hilos invisibles seres sin tiempo